PARTICIPACIÓN TRANSFORMADORA

Imanol Zubero

La participación es, en sí misma, un problema…

La participación es, hoy y aquí, un problema. La participación misma, la participación en sí, al margen de adjetivaciones añadidas o de mayores especificaciones. Un problema de cantidad y un problema de calidad. Un problema de cantidad: participamos pocas y pocos. Un problema de calidad: participamos poco, sobre todo lo hacemos en determinados ámbitos (y no en otros). El Colectivo IOÉ califica a la española como una “democracia de baja intensidad”, entre otras razones por la reducida participación ciudadana en los asuntos públicos:

Según la Encuesta de Empleo del Tiempo del INE de 2003, el tiempo dedicado por las personas adultas a participar activa y directamente en los asuntos públicos es mínimo (promedio de media hora al mes), sobre todo si se compara con el tiempo dedicado a otras actividades (89 horas mensuales a trabajo doméstico, 80 horas a trabajo remunerado, 59 horas a ver televisión, 45 horas a relaciones de ocio y amistad). En el contexto de una sociedad que se define a sí misma como democrática, la baja participación directa de los ciudadanos refleja su debilidad como sujetos políticos1

Una investigación realizada en 2009 por el Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) para el Injuve desvelaba que apenas un 19% de las personas jóvenes (18-30 años) en España pertenecían a alguna asociación2 . Distintas variables (sexo, edad o estudios) influyen sensiblemente en esta participación media.

Asociacionismo juvenil, por género, sexo y estudios (%)

tabla1

 

tabla2Es cierto, y conviene advertirlo, que otras investigaciones ofrecen cifras superiores de participación. Así, en el informe Juventud en España 2008 el mismo Injuve ofrecía datos distintos de participación entre las y los jóvenes de 15 a 29 años: un 27,5% declaraban pertenecer en aquel momento a alguna asociación, un 21,3% habían pertenecido aunque ya no lo hacían, y el 51,3% nunca habían pertenecido3.
El ya citado estudio de GETS para Injuve presenta una participación juvenil que tiende preferentemente hacia las pertenencias menos politizadas. En el mismo sentido, el también referido informe Juventud en España 2008 descubre que en el 52,8% de los casos los objetivos que persiguen las asociaciones en las que participan las y los jóvenes españoles son definidos como “entretener y divertir”, siendo esta dimensión recreativa mucho mayor entre las personas más jóvenes (estos son los objetivos declarados por el 67% de quienes tienen entre 15 y 19 años). En este mismo informe podemos descubrir que tan sólo el 1% de las personas jóvenes que participan en alguna asociación dicen hacerlo “para satisfacer mis inquietudes políticas”; la motivación más señalada es la de “emplear mi tiempo libre en cosas que me gustan” (42,2%), seguida a mucha distancia por la de “sentirme útil ayudando a los demás” (13,7%).

¿Cómo explicar esta realidad de la participación social –relativamente reducida y despolitizada- entre la juventud española? En opinión de IOÉ, esta situación tendría mucho que ver con el modelo institucional vigente, delegacionista y en última instancia desincentivador de la participación directa de la ciudadanía, particularmente cuando esta expresa intereses contraculturales y antisistémicos:

El modelo institucional vigente pone el énfasis en la delegación y en las fórmulas corporativas de poder (estructuración de grandes organizaciones sectoriales, ligadas con frecuencia a grupos económicos pero también sindicales, religiosos, profesionales, etc.), en desmedro de la autoorganización de la ciudadanía, la expresión espontánea, la defensa directa de intereses o los procesos colectivos de debate, gestión y toma de decisiones que, sin embargo, también pueden articularse en nuestra sociedad, tal y como plantean los movimientos alternativos que tratan de promover formas activas de ciudadanía y que cuestionan el centralismo político y el capitalismo neoliberal.

Otras explicaciones fijan su atención en transformaciones de fondo multifactoriales. Es el caso de Robert Putnam, quien cree descubrir una relación causal entre una serie de cambios sociales, políticos y tecnológicos (que van desde el modelo de urbanización dispersa hasta la presencia invasiva de la televisión en nuestros hogares) experimentados a partir de los años Setenta por las sociedades de capitalismo avanzado, procesos de cambio que debilitan los mecanismos tradicionales de producción de capital social y con ellos los incentivos y las motivaciones para la participación en los asuntos públicos. Estos cambios, acumulativos en el tiempo, explicarían en su opinión que las generaciones más jóvenes tengan una cultura cívica más débil y sean menos participativas que la “larga generación cívica” de sus padres y abuelos.

A diferencia de Putnam otros investigadores, como Ulrich Beck, consideran que las nuevas generaciones -que ciertamente rechazan la política y la participación tradicional- no son apolíticas, mucho menos inactivas; aunque suene paradójico, nos encontraríamos ante “jóvenes activamente apolíticos”: son los “hijos de la libertad”, que huyen de toda participación que suponga imposición, coerción, y que buscaría un equilibrio más adecuado y duradero entre los intereses individuales y las acciones colectivas Si así fuera, nos encontraríamos en los albores de una nueva generación cívica que, por el momento, sólo encuentra espacios y estructuras de participación en la periferia de los sistemas democráticos. Aunque es cierto –los datos son inapelables- que la participación política tradicional se encuentra sumida en una profunda crisis de legitimidad, no es menos cierto que en los últimos años nuestras sociedades están conociendo una diversa y colorida manifestación de formas no tradicionales de movilización, participación y protesta. ¿Acaso estamos buscando lo político en el lugar equivocado?, ¿tal vez lo que parecía ser una retirada de la vida política puede significar, contemplado desde otro punto de vista, la lucha por una nueva dimensión de lo político?

Así pues, dos grandes diagnósticos conviven en la actualidad cuando de analizar la participación ciudadana se trata:

  1. Según uno de ellos, las sociedades occidentales más desarrolladas estarían experimentando un fuerte declive del compromiso cívico, lo que estaría provocando una preocupante desafección democrática y una alarmante fragilización del capital social.
  2. Según el otro, lo que estaría ocurriendo en realidad en esas sociedades es una profunda transformación de la relación de la ciudadanía con las estructuras y las maneras de participación tradicionales, que en la mayoría de los casos se ven sometidas a una fuerte crítica; pero, al mismo tiempo, surgen nuevas formas de acción colectiva no institucionalizadas. He discutido ambas perspectivas en otro lugar4. Por su parte, Laura Morales ofrece la siguiente valoración del debate que hemos apuntado:

No está nada claro que el recambio generacional vaya a producir necesariamente «mejores» ciudadanos, o al menos no ciudadanos más participativos. El aprendizaje democrático no parece ser acumulativo entre generaciones en lo que se refiere a la participación en asuntos públicos. En la mayor parte de los casos, la generación de españoles «nacidos» en democracia no difieren mucho de sus mayores; y, en cambio, se muestran menos favorables a colaborar con las organizaciones y asociaciones más politizadas. En pocas palabras: la democracia no ha producido una generación especialmente «inactiva», pero tampoco ha producido ciudadanos crecientemente activos. Simplemente, no parece que haya muchas razones para ser extremadamente optimistas ni extremadamente pesimistas5.

Tal vez no “extremadamente”, pero ¿no es para preocuparse que la democracia, sistema político fundado sobre la participación, no haya producido en España una ciudadanía más activa?

… y ahora lo complicamos aún más con lo de la “transformación”

En efecto, si ya es complicado hacer un diagnóstico de la participación ahora añadimos a esa participación en sí misma problemática un adjetivo, “transformadora”, que lo complica todo aún mas.
Para empezar: ¿por qué debe ser transformadora la participación en las ONG y en las organizaciones del tercer sector (OTS)? ¿No nos basta con que sea eficiente, con que las organizaciones alcancen razonablemente algunos de los objetivos operativos concretos que se proponen? ¿O acaso debería la participación ser “transformadora” precisamente en aras de esa eficiencia? Así planteada, la reflexión sobre la “participación transformadora” puede resituarse, al menos de entrada, no tanto en el complicado ámbito del “hacia afuera” de las organizaciones como en el más manejable del “hacia adentro” de las mismas.
Porque, veamos: ¿respecto a qué ámbitos o dimensiones de una organización puede la participación en la misma aspirar a ser “transformadora”? Se me ocurren cuatro posibilidades, no mutuamente excluyentes:

  1. Transformadora de la propia forma de hacer de la organización de sus procesos y de sus medios de acción.
  2. Transformadora de los sujetos que participan en la organización.
  3. Transformadora del objeto (tanto objetivos como, sobre todo, colectivos o personas) sobre el que se actúa.
  4. Transformadora del entorno o contexto en el que se actúa.

 De la 1 a la 4 nos desplazamos a lo largo de un continuo que va desde un espacio donde predominan las cuestiones técnicas hasta otro donde lo hacen las cuestiones éticas.

Transformación de…

tabla3

 Evidentemente, las dificultades a las que se enfrenta la voluntad de transformar son distintas en cada caso. En todo caso, responder a la pregunta de qué es lo que debe ser transformado o no en cada ámbito de la organización exige imperiosamente una labor de diagnóstico, y de diagnostico deliberado y finalmente compartido: ¿Existe en nuestras organizaciones una cultura práctica de la deliberación y la evaluación? Evaluación que sólo puede hacerse manejando diversos criterios de contraste en cada una de esas dimensiones:

  1. La dimensión de la transformación de las prácticas de la organización supone evaluarlas a la luz de un criterio de eficiencia: ¿cómo usamos los recursos de que disponemos?
  2. La dimensión de la transformación de los sujetos que participan en la organización supone evaluar la estructura y el funcionamiento de la organización a la luz de criterios de democracia y de ciudadanízación: ¿cuál es el estatuto de todas las personas que participan, de una o de otra manera, en la organización?
  3. La dimensión de la transformación del objeto de la acción de la organización supone evaluar la práctica desde criterios de eficacia (objetivos y fines de la organización) y de empoderamiento (destinatarios de la acción). En lo que se refiere a los objetivos de la organización, ¿disponemos de indicadores que nos permitan evaluar el grado de cumplimiento de nuestros objetivos, o, en su caso, de analizar las causas del incumplimiento? En lo que se refiere a las personas destinatarias de la acción, ¿logramos que sean sujetos activos o se quedan en simples beneficiarios de nuestras acciones?
  4. La dimensión de la transformación del contexto de la acción de la organización supone evaluar dicha acción en el marco de la realidad social en la que se actúa, a partir de un criterio de justicia o de sociedad buena. Cuando nos situamos en esta perspectiva estamos queriendo decir que la participación a la que aspiramos no debe limitarse a actuar “al final de la cañería”, es decir, a generar medidas que, desatendiendo las causas de los problemas sociales, sólo se ocupan de los efectos y de cómo tratarlos, controlarlos o minimizarlos6. Desde esta perspectiva, se plantea la necesidad, la exigencia incluso, de que la acción de las organizaciones sociales incorpore la ambición de la incidencia estructural por la vía política.


Se trata de una reflexión que ya se ha planteado con mucha profundidad desde hace años en el espacio de la acción humanitaria, cada vez más dividido en dos posiciones difícilmente conciliables. Por un lado están quienes defienden que las ONGs tienen, por supuesto, una tarea fundamental de asistencia inmediata en situaciones de emergencia, que debe completarse con la tarea de informar y sensibilizar a las opiniones públicas y a los gobiernos de la dimensión política de los problemas, promover actuaciones preventivas y buscar medidas que impidan la persistencia de esos problemas7. Por otro lado están quienes consideran que “la acción humanitaria no tiene base teórica sobre la cual construir una visión política del mundo”, de manera que su función debe limitarse a “socorrer, en unos períodos críticos particulares, a los seres humanos, apoyarlos, ayudarles a recuperarse y a retoma su camino”, sea este cual sea8. Se reivindica, en este sentido, “la modestia de la idea humanitaria”:

Dejemos que el humanitarismo sea el humanitarismo. Dejemos que salve algunas vidas, a pesar de cualesquiera sean los compromisos que deba firmar a lo largo del camino […] ¿Es eso en verdad tan poco? ¿Deben los humanitaristas, por desesperación, conformidad con una moda intelectual y moral, o infundada esperanza –la esperanza por la esperanza- insistir en ser la palanca de Arquímedes de la paz perpetua, el estado de derecho universal o incluso, según la formulación más modesta de Oxfam, de un mundo más justo?9

La “politización” de las ONG y las OTS tiene sus riesgos. Cuanto más se alejan estas de la perspectiva “técnica” y se aproximan a la perspectiva “ética” (ideológica) más posibilidades hay de que surja el conflicto, tanto en el interior de las organizaciones como entre estas y otras instituciones de su entorno.
Pero también hay riesgos, y muchos, en su “despolitización”. El riesgo del “finsemanismo”, de pensar que en dos días a la semana de voluntariado o de solidaridad extraordinarios pueden enmendarse cinco días de competitividad, consumismo e individualismo ordinarios y normalizados. El riesgo de producir buenos voluntarios, pero pésimos ciudadanos.

1Colectivo IOÉ, “Barómetro social de España: nuevos indicadores sobre la evolución del país”. Papeles de Paz, nº 102, 2008, pp. 165-185. Disponible en: http://www.colectivoioe.org/uploads/32071d259728c0eec2aa7f7b59862135e7d93a85.pdf; última consulta 25/02/2012.
 2Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS), El horizonte social y político de la juventud española, Injuve 2010. Disponible en: http://www.injuve.es/contenidos.downloadatt.action?id=435960155; última consulta 25/02/2012.
3Disponible en: http://www.injuve.es/contenidos.downloadatt.action?id=1448195837; última consulta 25/02/2012.
4Imanol Zubero, “La participación de los jóvenes en una sociedad en transformación”. Asamblea de Ciencias Sociales por una Universidad Crítica, Movimientos estudiantiles: resistir, imaginar, crear en la universidad, Gakoa, San Sebastián 2008, pp. 29-40. Disponible en: http://gakoa.com/publication/sample_chapter/113/Sareak5_La_participacion_de_los_jovenes.pdf; última consulta 25/02/2012.
5Laura Morales, “¿Existe una crisis participativa? La evolución de la participación política y el asociacionismo en España”. Revista Española de Ciencia Política, nº 13, 2005, pp. 51-87. http://www.aecpa.es/uploads/files/recp/13/textos/02.pdf
6Joan Subirats, “Políticas de final de cañería”. El País, 31/12/2005. Disponible en: http://elpais.com/diario/2005/12/31/opinion/1135983609_850215.html; última consulta 25/02/2012.
7Vicenç Fisas, La compasión no basta, Icaria, Barcelona 1995. David Sogge (ed.), Compasión y cálculo, Icaria, Barcelona 1998.
8Rony Brauman, Humanitario: el dilema, Icaria, Barcelona 2003.
9David Rieff, Una cama por una noche: el humanitarismo en crisis, Taurus, Madrid 2003.

¿Quién es Imanol Zubero?

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