CIVILIZACIÓN DIGITAL: NUEVAS INSTITUCIONES

PARA CIUDADANOS DIGITALES

Ismael Peña-López

En la historia de la Humanidad ha habido dos grandes revoluciones. En la primera, la Revolución Neolítica, el hombre pasa de tener una vida nómada a una sedentaria, caracterizada por una economía basada en la agricultura y la ganadería. En cierta forma, podemos considerar que el hombre consigue domar la naturaleza para que esta trabaje por él. En la segunda, la Revolución Industrial, el hombre construye máquinas que vendrán a substituir gran parte del trabajo manual que realizaban hombres y animales. Estas máquinas son posibles gracias al florecimiento de la ciencia y su aplicación técnica. Ambas revoluciones cambiaron todos los aspectos de la vida humana: la forma de conseguir el sustento, los asentamientos y las viviendas, las relaciones y la socialización; se generan nuevos roles y nuevas prácticas. La sociedad cambia profundamente desde sus mismos fundamentos.

Una consecución de desarrollos realizados desde mediados del s.XX – el transistor, el circuito integrado, el ordenador personal, las redes de Telecomunicaciones e Internet – han desembocado en profundos cambios sociales que muchos vienen ya a llamar la Revolución Digital, comparándola ya en importancia – a pesar de lo reciente de su inicio y su final incierto – con las dos anteriores.

La revolución digital significa, a grandes rasgos:

  • La substitución de trabajo mental o intelectual por trabajo realizado por máquinas.
  • La separación de la información, de los contenidos, de su soporte físico, del continente. Con ello, se da fin a la escasez de los recursos basados en la información – los recursos digitales son, en el margen, reproducibles infinitamente y de forma indistinguible del original – y se da fin a los costes de transacción – los recursos digitales son transferibles a cualquier distancia de forma inmediata y a un coste despreciable.
  • Se crea una industria dedicada, exclusivamente, a la creación y manipulación de más y mejor información, deviniendo esta última, a la vez, insumo, capital y resultado final del proceso productivo.
  • Los crecientes flujos de información aceleran el proceso de globalización de la economía, una economía del conocimiento que ya no conoce horarios ni geografías.
  • La caída de los costes de la información y de las comunicaciones, así como la globalización, promueven una estructura social, cultural, económica y de poder basada en la arquitectura de red, en las interconexiones no mediadas directamente entre nodos.

La mayoría de instituciones que existen hoy en día basan su razón de ser en la intermediación. Creamos escuelas, gobiernos, empresas que gestionan la escasez de recursos así como los costes de gestionar dichos recursos escasos para conseguir determinados objetivos – educación, la gestión de la cosa pública, bienes y servicios – de la mejor forma posible, de una forma más eficaz y más eficiente. En un mundo digital, donde muchos aspectos fundamentales de las instituciones han cambiado de forma radical y para siempre, ¿cuál es el papel de las instituciones en la nueva Sociedad del Conocimiento? ¿Cuál es la reacción que las instituciones deben tener ante las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC)?

Tercer Sector y modernización: ¿ordenadores o vacunas?

Una de las dicotomías clásicas al hablar de Tecnologías de la Información y la Comunicación suele ser la que se acaba de apuntar: ¿hay que gastar en ordenadores o en vacunas? Por cada ordenador que se compra, ¿cuántas vidas se podrían salvar destinando esos fondos a acciones sobre el terreno?

Esta dicotomía parte de una premisa que es, al menos, discutible: que los recursos destinados a infraestructuras tecnológicas forman parte de la partida de gastos. Como infraestructuras, no obstante, sería más conveniente considerarlas inversión. En este sentido, y como toda inversión, lo que hay que ponderar no es si destinar esos recursos a infraestructuras compiten con otros destinos, sino si la inversión en dichas infraestructuras retornará una cantidad igual o superior de recursos que, estos sí, serán destinados al objetivo final de la organización.

Sobre la necesidad o conveniencia de introducir las TIC en el seno de las organizaciones del tercer sector, podemos tomar dos aproximaciones.

La primera es que existe ya un creciente consenso que las TIC se han convertido en tecnologías de utilidad general. Ello significa que su impacto directo es cada vez más difícil de medir, pero no porque sea menor, sino porque debido a la amplia difusión y ámbitos de aplicación de las TIC ese impacto queda difuminado a lo largo y a lo ancho de todos y cada uno de los procesos de la organización. De la misma forma que ocurre con, por ejemplo, la luz eléctrica.

En este sentido, una primera aproximación a la adopción de lo digital no se refiere tanto a los beneficios que puede reportar, sino a las desventajas comparativas que su no adopción puede acarrear en comparación con otras organizaciones del entorno que sí hagan una inmersión digital.

La segunda aproximación está relacionada con la naturaleza misma de las TIC como tecnologías de especial aplicación en procesos ricos en información y conocimiento así como su transmisión o comunicación.

De las tres grandes familias de entidades del tercer sector – acción humanitaria, cooperación al desarrollo y sensibilización – es fácil constatar que la última trabaja de forma casi exclusiva con información, mientras que la segunda trabaja aplicando conocimiento. Si, además, tenemos en cuenta el creciente énfasis en centrar la cooperación al desarrollo en la construcción de capacidades según las propuestas de Amartya Sen, el papel del conocimiento y su transmisión toman cada vez mayor relevancia. Incluso en el área de la acción humanitaria, todo lo que tiene lugar antes y después de la actuación sobre el terreno es cada vez más rico en conocimiento y, en consecuencia, susceptible y necesario de ser gestionado.

Así, las tecnologías de la información y la comunicación no vienen a traer sino mayor eficiencia en la gestión de los limitados recursos con los que siempre cuenta el Tercer Sector, así como mayor eficacia en la consecución de sus objetivos, al eliminarse muchas de las barreras que vienen a entorpecer la acción solidaria, como las barreras temporales o geográficas.

Hay, pues, una aplicación directa, inmediata, en el día a día de la gestión de entidades y proyectos. Pero, más allá de su uso puramente instrumental, ¿cuál es la reflexión estratégica que deben llevar a cabo las organizaciones del Tercer Sector respecto a las TIC?

Tercer Sector y Gestión del Conocimiento: retener el talento

Hablar del Tercer Sector es hablar, siempre, de los equipos que lo conforman. Ý más allá de los equipos en el núcleo de las entidades, se configura una constelación de miembros, socios, cooperantes, colaboradores, voluntarios, simpatizantes, donantes, etc. que son la verdadera riqueza de una organización.

Al hablar de tecnologías de la información y la comunicación solemos acabar pensando, muy a menudo, en la gestión de conocimiento explícito: todo aquello que ha sido posible fijar en algún tipo de soporte y que ahora, convenientemente digitalizado, es más fácil gestionar y aplicar en un determinado contexto. No obstante, es el conocimiento tácito, aquel que atesora la comunidad alrededor de una organización del tercer sector, el que probablemente es de mayor valor.

Las TIC permiten, como con el conocimiento explícito, una nueva aproximación a ese conocimiento tácito, al capital humano, al talento que, directa o indirectamente posee una organización. No obstante, las oportunidades que ofrecen las TIC van mucho más allá de la mera substitución del correo postal o el teléfono en las comunicaciones.

La ausencia de barreras de espacio y tiempo hacen reconsiderar el concepto de voluntariado en, al menos, esos dos mismos contextos. El voluntariado virtual fundamenta su funcionamiento en la ausencia de espacio: la cooperación puede tener lugar desde cualquier lugar, o desde todos ellos, ahora que las tecnologías móviles permiten la conexión a la red de forma ubicua. Este nuevo voluntariado – y, por extensión, de cooperante – permite, por una parte, la colaboración con las entidades y personas que trabajan expatriadas, sobre el terreno. Por otra parte, permite la colaboración con las sedes locales sin que la presencia en las mismas sea una condición necesaria.

Sin embargo, el voluntariado virtual también permite superar las limitaciones que imponen las agendas en la disponibilidad de tiempo de quien quiere contribuir con su trabajo a un proyecto solidario. Romper estas barreras de tiempo significa la cooperación sin coincidir en un horario fijo, la cooperación durante ratos libres, o la cooperación en distintas franjas horarias del mundo.

Significa también, y en un sentido amplio, recuperar antiguos cooperantes y voluntarios y poder involucrarlos de nuevo en la actividad de la entidad. Y significa, por último, reclutar nuevo talento que, debido a otras obligaciones o imposibilidad de desplazarse no estaba en disposición de participar en un proyecto. Este último aspecto de la retención y captación de talento fuera de las coordenadas de espacio-tiempo en que se mueve la entidad es totalmente transgresora y va mucho más allá de lo meramente cuantitativo: puede, ahora, accederse al mejor especialista, al mejor conocedor del terreno o de una disciplina, al que puede dedicar más tiempo pero menos agenda. Es, en otras palabras, derruir las paredes de la organización para siempre.

Pueden quedar, así, atrás las distinciones entre dentro y fuera de la institución, entre pertenecer y no pertenecer. Se rompe la relación entre identificarse con una organización o un proyecto y la participación.

Tercer Sector y creación de redes

Los cambios internos – nueva gestión de proyectos y nueva estructura de la organización – junto con los cambios externos – nueva gestión del talento y nuevas formas de trabajar con él – parecen conducirnos hacia una nueva estructura de trabajo: el trabajo en red.

En una era industrial, los organigramas jerárquicos eran, si no la única manera, sí una manera eficiente y eficaz de gestionar la información y, en consecuencia, de tomar decisiones bien informadas. En una era digital, sin apenas coste de crear, almacenar, catalogar, distribuir o aplicar información, las arquitecturas jerárquicas se muestran menos eficientes que las estructuras reticulares, donde los nodos pueden conectarse directamente sin necesidad de recorrer el largo camino hacia arriba y hacia debajo de las pirámides organizativas.

En materia de cooperación y activismo, las estructuras de red abren todo un nuevo abanico de posibilidades.

Por una parte, la cooperación sur-sur se hace más efectiva que nunca: convenientemente facilitados, los nodos del “sur” pueden conectarse entre ellos sin tener que depender para ello de ningún órgano conector o coordinador. En un sentido, muchas instituciones cuyo papel se fundamentaba en la mediación pueden ver cómo parte del valor que añadían al mediar se torna irrelevante, desaparece e incluso se convierte en un coste o un lastre para la eficiencia de los proyectos. Por otra parte, conexiones que antes eran difíciles de materializar o costosas pueden ahora tener lugar, generándose un gran potencial de colaboración entre (e intra) organizaciones y proyectos.

Así, ahora pequeñas organizaciones e incluso grupos de ciudadanos pueden autoorganizarse para conseguir sus objetivos sin tener que depender de instituciones que medien en ello. Lo que, por una parte se gana en inmediatez y, ante todo, implicación directa de las personas en los proyectos, ha tenido también una consecuencia que se va constatando a medida que crecen los usuarios de esas tecnologías de la información y la comunicación: la reorientación de muchos ciudadanos de preferir tareas a corto plazo que grandes objetivos a largo y, de la misma forma, la tendencia al apoyo a pequeñas iniciativas en detrimento de la afiliación a grandes ideologías o instituciones.

Las nuevas formas de organización junto con los cambios en la tendencia respecto al activismo y la acción cívica hacen que sea necesario no solamente replantear los objeticos y la estrategia de las entidades del tercer sector, sino, probablemente, su misma misión y razón de ser.

Tercer Sector y Activismo

Más allá de aproximaciones que pueden parecer elaboradas desde la teoría, algunos eventos e iniciativas ocurridos durante los doce meses de 2011 son claros ejemplos de que el mundo del activismo está cambiando. Y lo está haciendo, a menudo, sin la concurrencia de las entidades que históricamente han acompañado a la ciudadanía en ese camino.

En el ámbito de las movilizaciones sociales, el año 2011 fue testigo de revoluciones a gran escala, como la Primavera Árabe que convulsionó el Norte de África y acabó en dos ocasiones con el régimen imperante. Fue testigo también de protestas locales que acabaron entretejiéndose entre ellas para alcanzar la protesta a nivel de todo el estado, siendo el caso más paradigmático el de los indignados españoles o movimiento del 15M, inspirado en las revueltas árabes o griegas o francesas, e inspirador a su vez del posterior movimiento norteamericano de Occupy Wall Street. Todos ellos, y muchos más, se dieron cita el 15 de octubre de 2011 para crear un único movimiento global.

En el ámbito de la cultura han eclosionado de manera definitiva e irreversible nuevas formas de creación y de fomento de dicha creación, siendo, con mucha probabilidad, las estrategias de crowdfunding las más transformadoras, no solamente por sus fines, sino por la carga ideológica que las acompaña.

El entorno de la economía ha continuado explorando nuevas formas de trabajar, ya sea recuperando los conceptos de procomún, ya sea integrando formas de competencia-colaboración en los ámbitos de la innovación como el crouwdsourcing.

Podemos encontrar ejemplos en prácticamente cualquier contexto: en educación, los MOOC, o cursos masivos abiertos en línea, proyectos de aprendizaje con cientos (o miles) de participantes, sin un programa ni docentes ni materiales predefinidos; en salud, las comunidades de práctica conformadas a partes iguales por pacientes, familiares y profesionales de la salud; etc.

En ninguno de estos casos, la participación de la administración pública, los partidos políticos, instituciones educativas o del sistema sanitario, sindicatos, organizaciones sin ánimo de lucro, etc. es decisiva y, en la mayoría de ellos, ni tan siquiera participan.

¿Cuál es, en este escenario, el papel que queda para las entidades del tercer sector?

Seguramente hay dos estrategias, complementarias, que puede ser interesante explorar.

La primera consiste en formar parte de la nueva arquitectura de red, convirtiéndose en un nodo más de ella. Convertirse en un nodo significa aceptar la igualdad de condiciones, la horizontalidad total de las relaciones. Significa, también, ser consciente que una nodo es relevante o necesario en una red en la medida que contribuye a la misma, ya sea aportando recursos ya sea conectando otros nodos. Cuando un nodo deja de contribuir, deja de ser necesario y es desconectado de la misma.

La segunda estrategia consiste no tanto en formar parte de la red como un nodo más, sino en promover y facilitar la creación siendo una plataforma de la misma. Identificar nodos, crear los canales de comunicación entre los mismos, alimentar y enriquecer la red con recursos que ayuden a dinamizarla son funciones de la plataforma sobre la cual se edifica una red.

Cómo pueden convertirse las antiguas instituciones industriales, jerárquicas, verticales, gestoras de lo escaso, en nuevos nodos o plataformas de una arquitectura de red, horizontal, con abundancia de información y comunicaciones es, sin duda, el gran reto del s.XXI de las instituciones. Entre ellas, las entidades del tercer sector.

¿Quién es Ismael Peña-López?

Impulsado y desarrollado por:

Fundación Esplai

 Datos de contacto:

  Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.