Debate “Ciudadanía y ONG”

Documentos Conclusiones del Foro virtual

 

Organizaciones No Gubernamentales, transformación social y enfoque intergeneracional

Carlos Giménez Romero

Catedrático de antropología de la Universidad Autónoma de Madrid

 

Planteamiento y Preguntas para el debate

Se trata de facilitar la reflexión colectiva y el debate social acerca, primero, de cómo hacer de este campo una vía para la transformación social hacia un mundo más justo y democrático y, segundo, y ya más en particular, acerca del papel que las organizaciones no gubernamentales debieran y podrían desempeñar en ese cambio.

¿Cómo entender lo intergeneracional?

¿De qué manera lo intergeneracional puede ser un terreno propicio para avanzar en la construcción de una sociedad realmente democrática y más justa?

¿De qué forma lo intergeneracional es un terreno necesario y propicio para el trabajo efectivo de las ONG?

¿Cuál está siendo el papel de las organizaciones no gubernamentales en este campo y cómo podría potenciarse su labor?

El texto que sigue ha recogido el documento inicial, los debates en la Comisión Permanente y las aportaciones en el Foro virtual. Para facilitar la lectura por los miembros del Consejo Asesor y su ulterior discusión se ha englobado todo en tres cuestiones y, en cada apartado, se indica primero una idea central o Premisa de conjunto y se expone luego un breve Desarrollo.

 

1.- ¿A qué nos referimos con “lo intergeneracional”? ¿Qué supone el enfoque intergeneracional?

PREMISA CENTRAL
Estamos frente a:

  • Un reto: cómo superar la fragmentación entre edades y generaciones
  • Un ámbito de trabajo de intervención: los centros, programas, intergeneracionales
  • Un enfoque: complementario de la alianza de clases, la igualdad de género o la interculturalidad

DESARROLLO
En 1993 se celebró el “Año Europeo de las Personas Mayores y de la Solidaridad entre las generaciones”. Naciones Unidas adoptó también ese concepto declarando que la “solidaridad entre las generaciones a todos los niveles - las familias, las comunidades y las naciones- es fundamental para el logro de una sociedad para todas las edades”.

Aquella celebración y aquel término formaban parte de una corriente que se iba extendiendo y que no haría sino crecer.

En 2002 se celebró en Madrid la “II Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento” la cual, en su Plan de Acción Internacional, recomendó “elaborar iniciativas dirigidas a promover un intercambio productivo y mutuo entre las generaciones”. En 2009 la Comisión Europea llevó a cabo un sondeo sobre el estado de la solidaridad intergeneracional, detectándose la necesidad de más espacios de encuentro y colaboración entre generaciones y de políticas el fortalecimiento de las relaciones intergeneracionales. El actual año 2012 ha sido declarado “Año Europeo del Envejecimiento Activo y de la Solidaridad Intergeneracional”.

En Latinoamérica el campo intergeneracional se viene desarrollando con fuerza. En el caso de España el desarrollo de este campo es de considerable vitalidad. El IMSERSO puso en marcha en 2005, en base a la declaración anterior, una red temática dedicada a al promoción de las relaciones intergeneracionales (Red Intergeneracional) y en 2010 publicaba una Guía para los Programas Intergeneracionales.

En las dos últimas décadas, y cada vez con más extensión intensidad, se viene consolidando lo que se ha dado en llamar el campo intergeneracional. La Red intergeneracional lo ha definido como el “conjunto de conocimientos (teorías, investigaciones, práctica) y de acciones (en especial las políticas públicas y los programas intergeneracionales) encaminados a aprovechar de modo beneficioso el potencial de la intergeneracionalidad”.

Desde hace años y de forma creciente se celebran jornadas y se publican artículos sobre el particular, y sobre todo se ponen en marcha programas, se abren centros y se llevan a cabo prácticas que se adjetivan como intergeneracionales, configurando así un campo social e institucional emergente. En el libro Programas intergeneracionales. Hacia una sociedad para todas la edades (Fundación La Caixa. Colección Estudios Sociales. Volumen 23) se indica que “un programa intergeneracional es un tipo de Práctica Intergeneracional (PI), que es aquella en la que concurren… tres características: participan personas de distintas generaciones, se produce gracias a cierta organización y gestión (no es espontánea); supone una relación de intercambio de recursos entre los participantes (énfasis añadido)” se ha publicado.

Por su parte, los centro intergeneracionales (también denominados centros intergeneracionales compartidos) son aquellos en los que “niños/jóvenes y personas mayores participan, conjuntamente y en el mismo emplazamiento, en servicios o en programas continuos; en este tipo de centros los niños/jóvenes y mayores interactúan tanto de manera formal, durante la realización de actividades intergeneracionales planificadas y periódicas, como en encuentros de tipo informal” (Goyer, 2001, énfasis añadido)

 

2.- ¿Qué necesidad hay de este enfoque y qué oportunidades presenta en la lucha por la equidad? ¿Qué relevancia y potencialidad tiene lo intergeneracional para la transformación social y para la extensión y profundización de la ciudadanía?

PREMISA CENTRAL
La notable y creciente relevan de lo intergeneracional deviene de la propia evolución de las sociedades (envejecimiento, precariedad juvenil, etc.) de la escasez de vínculos (situaciones de fragmentación y distanciamiento) y de la necesidad de contar con todos en la trasformación social.

Desde el punto de la ciudadanía el enfoque intergeneracional parece crucial pues es preciso reconocerse todos y todas, más allá de las diferencias de edad y generación, como ciudadanos con iguales derechos y deberes, pertenecientes a la misma comunidad política y compartiendo un mismo marco institucional (por supuesto todo ello con niveles sociopolíticos y diferenciaciones socioculturales notables)

DESARROLLO
Una forma de explicitar el gran potencial del enfoque intergeneracional es indagando las vías en que puede desarrollarse. Se enumeran cinco posibilidades:

1.- Mancomunar esfuerzos intergeneracionales frente a la pobreza y exclusión

El encuentro intergeneracional debe contemplar las condiciones y la calidad de vida de los ciudadanos, los agudos problemas y procesos hoy en día planteados con respecto al desempleo, los desahucios, etc. La agenda de los coloquios entre jóvenes y mayores, el contenido de los programas en los cuales colaborar debe nutrirse de esa primera y fundamental temática.

En este campo el diálogo intergeneracional puede orientarse tanto a la lucha solidaria contra los procesos generales de pobreza y exclusión en la sociedad como a la alianza entre mayores y jóvenes directamente afectados, pues amplios sectores de los mayores y jóvenes viven en la insuficiencia, la precariedad, la falta de expectativas y la marginación.

A unos y otros les une bien su situación de carencia y falta de calidad de vida, bien el rechazo y denuncia solidaria de lo que le ocurre a amplias capas de la población.

2.- Trazar alianzas intergeneracionales de género

Junto a la perspectiva de la posición socioeconómica, el encuentro y colaboración intergeneracional debe adoptar una perspectiva de género, de igualdad entre hombre y mujeres, de respeto a las diferentes opciones de sexo-género.

Y no se trata solo de trenzar puentes entre mujeres mayores y jóvenes, con tantos puntos en común, sino también de avanzar intergeneracionalmente, al menos en: a) la colaboración de mujeres y hombres de diferentes edades en la lucha por la igualdad, b) el avance hacia las denominadas nuevas masculinidades (por ejemplo, con círculos de diálogo de hombres mayores y jóvenes sobre la nueva ubicación del varón y c) el respeto a los derechos, identidades y expresiones de gays, lesbianas y transexuales.

3.- Lo intercultural y lo intergeneracional: utopía, método y proceso

Siguiendo el marco conceptual de clase, género y etnia, y su complemento con edad /generación, el encuentro intergeneracional, además de las posición socioeconómica y de género, debe asimismo incorporar la variable de la diversidad cultural. Y para ello debe asumir, frente al racismo y la asimilación, una perspectiva interculturalista acerca de la gestión positiva de la diversidad y acerca de las subculturas de edad. El interculturalismo supone un complemento crítico del multiculturalismo pues- además de aceptar los principios de igualdad de las culturas y de celebración y respeto de la diversidad (asumidos por las políticas multiculturalistas) pone el énfasis en la 3 4 interacción positiva entre los sujetos culturalmente diferenciados a partir del trabajo colaborativo en los intereses comunes.

Aplicado a lo intergeneracional, este enfoque permite afirmar con fuerza que entre jóvenes y mayores de una misma sociedad – aunque sean segmentos socioculturales diferenciados- existen puntos en común y asimismo entre jóvenes y mayores de diferentes bagajes culturales (autóctonos versus foráneos, payos versus gitanos, etc.)

El interculturalismo es tanto una utopía necesaria como un método y ante todo un proceso dialógico y conflictivo que debe ser regulado de forma participativa. En el encuentro generacional se expresa todo ello, puesto que supone una plasmación de una sociedad utópica sin dominio de unas edades sobre otras, supone una estrategia metodológica para avanzar y no deja de ser un proceso lleno de flujos y reflujos.

4.- La vía comunitaria para el encuentro intergeneracional

Un énfasis capital para el acercamiento y la colaboración intergeneracional es la vía comunitaria. Hay comunidades de muy distinto tipo: vecinales, étnicas, religiosas, y hay diferentes concepciones acerca de lo comunitario según las culturas y los grupos sociales. Cuando se sugiere reflexionar sobre la necesidad de la vía comunitaria para el encuentro y la cooperación intergeneracional se hace desde la doble convicción de, por un lado, la enorme relevancia del ámbito local en lo que refiere a la relación y posible alianza entre generaciones y, por otro lado, lo idóneo de las categorías de la intervención comunitaria a la hora de avanzar con éxito en este campo (y en otros).

Como el resto de las personas, el joven y el mayor viven buena parte de su vida en el ámbito local, esto es, en un determinado barrio, pueblo, área y, en definitiva, en un territorio. Es ahí donde se ubica buena parte de sus referentes cotidianos y simbólicos: el uso compartido de calles y parques, el asociacionismo local, las redes locales, las demandas y reivindicaciones de barrio, el funcionamiento de los servicios públicos, las comunidades educativas, la participación en el ciclo ritual y festivo de la localidades. ¿Hay relación entre jóvenes y mayores en esos ámbitos, cómo son, cómo transformarlas en lugares de encuentro y colaboración?

La conexión positiva entre generaciones en el ámbito local requiere, como tantos otros aspectos de la fragmentada vida social, de planteamientos de intervención comunitaria. Allí donde las organizaciones no gubernamentales colaboraran a nivel territorial, involucran a las administraciones en planteamientos de interés común y cuentan con la ciudadanía, es posible superar la predominante sectorialización, fragmentación, solapamiento y descoordinación de las políticas e iniciativas sociales. En la medida en que se reconoce y potencia el protagonismo de los residentes, vecinos, comerciantes, profesionales y técnicos a nivel local es posible desencadenar creativamente la energía social, que en caso contrario, permanece estancada, desaprovechada. Ese marco y enfoque comunitario, clave para otros aspectos de la vida social en democracia, lo es para también para que sea posible el encuentro y la cooperación intergeneracional.

5.- El diálogo cooperativo y mediado entre generaciones

Es preciso trabajar el diálogo cooperativo entre generaciones. Un diálogo orientado a la comprensión mutua, al descubrimiento de temas e intereses comunes y a la adopción de compromisos de acción conjunta. El diálogo implica escucha atenta, empatía, saber preguntar al Otro. El encuentro intergeneracional - que puede realizarse en espacios muy diferentes (asociaciones, centros de mayores, clubs deportivos y culturales) y con motivos bien dispares (jornadas, fiestas, movilizaciones) debe servir para superar los tópicos e ideas falsas que actúan de obstáculo o barrera entre generaciones.

Esas conversaciones pueden ayudar a superar, primero, las ideas y valoraciones acerca del Otro basados solo en suposiciones e informaciones indirectas y superficiales (prejuicios), así como para cambiar las imágenes fijas, distorsionadas y esclerotizadas (estereotipos) acerca del Otro. Muchos jóvenes piensan a priori que los mayores necesariamente son conservadores, que van a rechazar nuevos estilos de vida, etc. Por su parte, los mayores pueden creer que los jóvenes ya no tienen la motivación que había antes, que son unos consumistas a quienes solo les interesa tener esto o aquello, etc.

Nunca fue fácil el entendimiento de las generaciones en las familias (abuelos, padres, hijos) y no lo va a ser a escala comunitaria, pero es un camino que hay que recorrer. En ocasiones será viable y oportuna la interlocución directa entre mayores y jóvenes, y en otras ocasiones será conveniente mediar esos encuentros para facilitar la comunicación y adopción de acuerdos.

 

3.- ¿Qué supone o debe suponer para las ONG el reto y el enfoque intergeneracional? ¿Cómo pueden o deben trabajar concretamente las ONG en este campo?

PREMISA CENTRAL
Configurar las ONG como espacios intergeneracionales y como entidades que promocionan el encuentro intergeneracional sobre la base la ciudadanía común.

Una posible línea de trabajo es configurar las ONG de solidaridad y apoyo, no solo como espacios de igualdad de género y como ámbitos de interculturalidad, sino como espacios intergeneracionales.

Se trataría de incorporar, de forma transversal, varias de las ideas anteriores a la composición, funcionamiento y actividades de las organizaciones sociales, esto es, de hacer explícita esa colaboración intergeneracional en el seno de la organización. O dicho de otra manera: planificar actividades, métodos y procedimientos que favorezcan ese encuentro e interacción.

Y se trata, por otra parte, de ir haciendo de las ONG la punta de lanza por el trabajo de encuentro, colaboración y solidaridad intergeneracional

DESARROLLO

Una de las preguntas del Foro de Debate fue: “¿Cómo pueden contribuir las ONG a la lucha por la superación de los prejuicios entre generaciones y estimular la participación de ciudadanos jóvenes y mayores?” A partir de las aportaciones podemos concluir que la temática aparece como relevante y que se ha dado un buen paso en la línea de incorporar la perspectiva intergeneracional tanto a la vida interna como al trabajo de las ONG.

Las propuestas sugerencias aportadas pueden englobarse en dos grandes bloques:

  1. Trabajo a realizar hacia dentro de las ONG
    Se han aportado ideas y propuestas en cinco planos: el trabajo cotidiano, la participación interna y funcionamiento, el trabajo en equipo, la democracia interna y el aprendizaje constante. Se sintetizan a continuación:
    1. Incorporando a la vida de la entidad y a su organización a todos – y a todas las edades- como iguales y diferentes; 6
      1. la propia vida y cotidianidad de la organización es el camino para superar los prejuicios intergeneracionales;
      2. importancia de la vía experiencial: lo que se vive la interacción con el otro es la clave para superar estereotipos y distanciamientos;
      3. “el movimiento se demuestra andando”;
      4. superar también en este tema la distancia entre lo que decimos y lo que hacemos.
      5. “quien primero tiene que demostrar que la participación intergeneracional es posible, es la propia ONG con su ejemplo”
      6. las ONG “pueden ser laboratorios en los que experimentar dinámicas sociales que rompan con ciertos “ordenes establecidos”; es preciso “valorar todo aquello que no se mide solo por la riqueza” (con relación a los valores que aporta cada generación)
    2. En las vías de participación y la transparencia del funcionamiento: impulsando la transparencia interna y abriendo vías de participación, mediante el uso de nuevas tecnologías y la organización de encuentros presenciales con programas mixto de trabajo y convivencia,…
    3. En la organización del trabajo: cuidando la organización del trabajo en equipo y la “socialización interna de la entidad”
    4. En la promoción de la democracia interna de la entidad:
      1. teniendo en cuenta este enfoque intergeneracional a la hora de elección y renovación de los cargos de la entidad; no reservar puestos de dirección solo para mayores; no reservar dirección de proyectos sólo para jóvenes, etc.;
      2. dando primacía en la elección a los valores de competencia personal y compromiso con la entidad (desarrollando la confianza de que se elige a los mejores);
      3. concretamente se propone “facilitar mecanismos que permitan la renovación e incorporación de personas jóvenes”.
    5. En el aprendizaje constante del entorno:
      • aprender de las experiencias de los encuentros intergeneracionales visibles en el movimiento 15 M, logrados a partir del interés común: “entonces fue la lucha contra Franco, hoy los derechos sociales y de las personas representa este espacio de confluencia donde es fundamental la perspectiva de jóvenes y mayores”.
  2. Trabajo hacia fuera: en los programas y proyectos de las ONG
    Otras propuestas aportadas en el debate tienen más que ver con la actividad hacia el exterior de las ONG. Podemos identificar los siguientes tres planos:
    1. En los proyectos:
      1. incorporar a personas de diferentes edades - tanto técnicos contratados como voluntarias- en las diferentes fases del ciclo de proyecto (diseño, desarrollo y evaluación);
      2. poner en marcha proyectos de intervención social específicamente intergeneracionales;
      3. ampliar a jóvenes y mayores a proyectos de Educación en Valores, habitualmente dirigido a niños, niñas y jóvenes.
      4. desarrollar acciones piloto en las que los grupos intergeneracionales sean pequeños y de ahí sacar enseñanzas para poder replicarlo a mayor escala”
    2. En las iniciativas concretas: “imaginando y poniendo en marcha acciones que rompan con los estereotipos, que “cambien los roles” que se atribuyen habitualmente a las personas según su edad”
    3. En la difusión y comunicación que desarrollan las ONG sobre su papel en la sociedad:
      1. “mostrando espacios de encuentro y trabajo conjunto entre personas de distintas generaciones. Resaltar el valor de lo intergeneracional y dar visibilidad a los valores que se trasmiten”;
      2. que la ONG sea intermediaria entre los colectivos de mayores y de jóvenes; ofrecer esa labor de intermediación;
      3. ofreciendo espacios de encuentro sobre intereses compartidos, como puede ser la lucha contra las “injusticias palmarias”
      4. las ONG deben ser propagandistas de “lo intergeneracional”, dentro de la idea fuerza del siglo XXI como siglo del respeto y valoración de las diferencias;
      5. reconocer la importancia del “envejecimiento activo”.

 

 

Participación transformadora

Imanol Zubero

Doctor en Sociología y Ciencias Políticas. Profesor titular de la Universidad del País Vasco/ Euskal Herriko Unibertsitatea

 

Introducción

En el transcurso de su existencia, no hay organización que no experimente en algún momento una situación que la sociología ha caracterizado de diversas maneras: fase de rutinización o de burocratización, recurriendo a Weber; transición desde el status nascendi hacia la institucionalización, en la perspectiva de Alberoni; paso de la fase instituyente a la fase instituida, en el lenguaje de Castoriadis. Se trata de ese momento en el cual la organización, tras unos años de recorrido, se mira a sí misma y se pregunta por su trayectoria, por sus logros, por su situación actual. Es este un momento propicio para que surjan algunas preguntas fundamentales, tan fundamentales que en última instancia no dejan de tener que ver con la cuestión de la identidad: ¿somos lo que queríamos a ser cuando empezamos nuestra andadura? ¿en qué hemos cambiado y por qué? En situaciones como esas, cuando se plantean tales preguntas, la imagen que devuelve el espejo no siempre es la más atractiva.

Desde esta perspectiva, el simple hecho de que las organizaciones y entidades que conforman la Fundación Esplai se planteen una reflexión profunda, hasta «cuestionarse a sí mismas y sobre su papel en el entorno en el que actúan» (E. Arranz, “Introducción”, p. 4), tiene un enorme valor. Esta voluntad de autocuestionamiento, este ejercicio de reflexividad, afrontado además libre y animosamente, es ya un precioso recurso que debe ser puesto en valor.

Vivimos unos tiempos en los que la participación misma, la participación en sí, al margen de adjetivaciones añadidas o de mayores especificaciones, es un grave problema. Un problema de cantidad y un problema de calidad. Un problema de cantidad: participamos pocas y pocos. Un problema de calidad: participamos poco, sobre todo lo hacemos en determinados ámbitos (y no en otros). En estas circunstancias: ¿por qué debe ser transformadora la participación en las ONG? ¿no nos basta con que sea eficiente, con que las organizaciones alcancen razonablemente algunos de los objetivos operativos concretos que se proponen?

No parece que está sea la posición dominante en Esplai. Puede tratarse de una tentadora invitación; la de decir y decirse a una misma, a uno mismo: con lo complicadas que están las cosas, bastante hacemos con hacer lo que hacemos, casi con seguir existiendo. Ya nos preocuparemos por adjetivar la participación el día que la propia participación está asegurada. Pero no: si algo ha quedado claro a lo largo de la conversación que venimos manteniendo es que en Esplai se maneja con plena conciencia la autocrítica. Sin miedo, sin convertirla en un ejercicio de pesimismo; con voluntad de convertirla en energía creadora, “rabo de nube” que anime un mejor discernimiento y ayude a fortalecer lo mucho de bueno que también hay en lo que venimos haciendo. No nos conformamos con participar, con hacer, con existir, ni siquiera con resistir: para tener sentido, todo esto debe ser un medio para lograr un fin, y ese fin tiene que ver, como enseguida veremos, con la transformación de nuestra realidad.

Pero antes vamos a detenernos al objeto de aclarar en lo posible de qué hablamos cuando nos referimos a la “participación transformadora”.

 

Las distintas dimensiones de la participación transformadora

¿Respecto a qué ámbitos o dimensiones de una organización puede la participación en la misma aspirar a ser “transformadora”? Se me ocurren cuatro posibilidades, no mutuamente excluyentes:

  1. Transformadora de la propia forma de hacer de la organización de sus procesos y de sus medios de acción.
  2. Transformadora de los sujetos que participan en la organización.
  3. Transformadora del objeto (tanto objetivos como, sobre todo, colectivos o personas) sobre el que se actúa.
  4. Transformadora del entorno o contexto en el que se actúa.

De la 1 a la 4 nos desplazamos a lo largo de un continuo que va desde un espacio donde predominan las cuestiones técnicas hasta otro donde lo hacen las cuestiones éticas.

Gràfico explicativo

Las dificultades a las que se enfrenta la voluntad de transformar son distintas en cada caso. Sea como sea, responder a la pregunta de qué es lo que debe ser transformado o no en cada ámbito de la organización exige imperiosamente una labor de diagnóstico, y de diagnóstico deliberado y finalmente compartido: ¿Existe en nuestras organizaciones una cultura práctica de la deliberación y la evaluación? Evaluación que sólo puede hacerse manejando diversos criterios de contraste en cada una de esas dimensiones:

  1. La dimensión de la transformación de las prácticas de la organización supone evaluarlas a la luz de un criterio de eficiencia: ¿cómo usamos los recursos de que disponemos?
  2. La dimensión de la transformación de los sujetos que participan en la organización supone evaluar la estructura y el funcionamiento de la organización a la luz de criterios de democracia y de ciudadanización: ¿cuál es el estatuto de todas las personas que participan, de una o de otra manera, en la organización?
  3. La dimensión de la transformación del objeto de la acción de la organización supone evaluar la práctica desde criterios de eficacia (objetivos y fines de la organización) y de empoderamiento (destinatarios de la acción). En lo que se refiere a los objetivos de la organización, ¿disponemos de indicadores que nos permitan evaluar el grado de cumplimiento de nuestros objetivos, o, en su caso, de analizar las causas del incumplimiento? En lo que se refiere a las personas destinatarias de la acción, ¿logramos que sean sujetos activos o se quedan en simples beneficiarios de nuestras acciones?
  4. La dimensión de la transformación del contexto de la acción de la organización supone evaluar dicha acción en el marco de la realidad social en la que se actúa, a partir de un criterio de justicia o de sociedad buena. Cuando nos situamos en esta perspectiva estamos queriendo decir que la participación a la que aspiramos no debe limitarse a actuar “al final de la cañería”, es decir, a generar medidas que, desatendiendo las causas de los problemas sociales, sólo se ocupan de los efectos y de cómo tratarlos, controlarlos o minimizarlos1. Desde esta perspectiva, se plantea la necesidad, la exigencia incluso, de que la acción de las organizaciones sociales incorpore la ambición de la incidencia estructural por la vía política.

La “politización” de las ONG tiene sus riesgos. Cuanto más se alejan de la perspectiva “técnica” y se aproximan a la perspectiva “ética” (ideológica, cosmovisional) más posibilidades hay de que surja el conflicto, tanto en el interior de las organizaciones como entre estas y otras instituciones de su entorno. Pero también hay riesgos, y muchos, en su “despolitización”. El riesgo del “finsemanismo”, de pensar que en dos días a la semana de voluntariado o de solidaridad extraordinarios pueden enmendarse cinco días de competitividad, consumismo e individualismo ordinarios y normalizados. El riesgo de producir buenos voluntarios, pero pésimos ciudadanos.

 

Una opción clara por la participación transformadora

En lo que se refiere a la interpretación del concepto de “participación transformadora”, aparecen tres grandes formas de entenderlo:

  1. Cambiar el contexto: ir al origen de los problemas y proponer alternativas, incluso económicas.
  2. Desarrollar intervenciones inmediatas, concretas, locales o no.
  3. Cambiar en lo personal, adoptar una actitud crítica, crecer como ciudadanas/os.

En realidad, estas tres son en la práctica todas las formas posibles de entender el concepto de “transformación”: en el nivel individual, en el nivel microsocial (local) y en el nivel macrosocial (estructural). Una mayoría de quienes han respondido a la pregunta sobre “cuál es la finalidad principal de las ONG” consideran que estas deben cumplir todas las finalidades señaladas: deben concienciar, ser formadoras de ciudadanía crítica, denunciar injusticias, presionar sobre las instituciones, pero también deben solucionar problemas concretos. Se considera que el énfasis en una u otra finalidad puede variar en función de la especificidad de cada ONG, pero no se renuncia a ninguna de ellas.

En cualquier caso, es muy dominante la opinión de que no cabe una perspectiva de transformación que no se construya sobre alguna base ideológica (cosmovisional). Aunque seguramente profundizar en esta cuestión generaría debates de mucho calado y discrepancias no menos notables, considero que esta perspectiva ofrece un punto de partida muy interesante para afrontar y sostener la reflexión colectiva que nos hemos propuesto.

¿Es posible una transformación social que no tenga contenido ideológico? ¿Cabe una transformación "despolitizada"?
Sí 25% No 75%

 

Un primer diagnóstico: unas entidades escasamente transformadoras

De las respuestas al cuestionario se desprende una convicción: no parece que las ONG se caractericen por su contribución a la transformación la sociedad. De los cuatro ámbitos o dimensiones posibles desde los que cabría pensar que puede la participación en una organización ser “transformadora”, el principal déficit transformador se endosa, precisamente, a la acción de las ONG sobre su entorno.

A este respecto, en la reunión de la Comisión Permanente del Consejo Asesor de la Fundación Esplai celebrado el 11 de junio de 2011 alguien se preguntaba: «De los cuestionarios deducimos que la atención está puesta en las organizaciones: ¿Qué estamos haciendo las ONG para perpetuar un sistema? ¿Qué función cumplimos las ONG?».

De las cuatro dimensiones posibles desde las que abordar la cuestión de la participación transformadora, ¿cuál crees que es la más deficitaria en las organizaciones que tú conoces?
Prácticas 18.92, Objeto 16.22, Sujetos 24.32, Contexto 35.14, Otra 5.41

Este cuestionamiento de la realidad transformadora de las ONG es coherente con un deseo claramente afirmado de que las ONG vehiculen e impulsen una participación transformadora, que no sea partidaria pero sí con ideología. De las respuestas al cuestionario se desprende que no hay miedo a afrontar en el seno de las ONG cuestiones directamente ideológicas.

Si bien se comparte la naturaleza esencialmente activista de las ONG, no por ello se desconoce o se minusvalora la importancia de reflexionar sobre la acción. Como ha señalado una de las personas participantes en el foro: «Se ha de tener conciencia de la necesidad del cambio, y para qué el cambio. El objetivo no es cambiar por cambiar, sino cambiar para mejorar y cumplir mejor nuestra función transformadora de la sociedad. Y esto solo tiene sentido fruto de la reflexión y el debate democrático de todos los actores protagonistas de la vida y objeto de la ONG».

Somos por lo que hacemos. Se nos identifica perfectamente cuando actuamos en los países más empobrecidos, en el Sur, pero no tanto cuando actuamos en nuestra propia sociedad. ¿Cuál es la relación que tenemos con nuestros entornos más próximos?

Igualmente se plantea también aquí una especie de “juicio de convicción”: ¿sentimos de verdad la necesidad de cambiar para ser más transformadoras, o estamos ante la vieja estrategia gatopardiana de cambiarlo todo para que todo siga igual? La fórmula “sólo servimos para algo si servimos a quienes debemos” se vuelve pregunta incómoda, pero también animosa: ¿a quién sirve nuestro trabajo?

¿Es verdad que los valores de la competición, el individualismo, el sálvese quien pueda, dominantes en la sociedad, «han impregnado» también nuestras organizaciones?

 

La dimensión “interna” de la participación transformadora: transformarnos para transformar

Abundando en esta perspectiva, el segundo déficit de participación transformadora se localiza en los sujetos que participan en las organizaciones. Evidentemente, la relación entre institución y miembros de la institución es, en este sentido, muy estrecha.

Sin que podamos identificar la existencia o no de relaciones de causalidad, ni la posible dirección de estas -¿son las personas participantes las que, por determinadas características sociopersonales, limitan el potencial transformador de la organización, o es la organización la que, por su orientación, moldea a la baja las aspiraciones transformadoras de sus miembros?- cabe esperar que exista una estrecha relación entre las potencialidades o déficits transformadores de una organización y de sus miembros.

Al confrontarse con este déficit el primer objetivo operativo es mejorar la participación de los miembros en la gestión de las entidades. Desde una perspectiva práctica: deliberación, planificación compartida, formación permanente, etc. Pero también desde una perspectiva que supera lo meramente instrumental. Así, se habla de la existencia de “un espacio abierto, transparente, en el que sus miembros vuelcan sus vivencias, experiencias, valoraciones y recomendaciones”. Es importante señalar que esta participación ad intra no se concibe como un objetivo en sí misma. Se trata de participar para ser más eficaces en la tarea de transformar la sociedad. En este sentido, se afirma la necesidad de “comunicar claramente qué queremos transformar y con qué estrategias”, lanzando mensajes más claros y comprometidos que, “además de posicionar claramente a nuestra organización, ayudan a visibilizar aquello que queremos transformar porque no funciona, o no es justo, o no es sostenible”.

Sin embargo, también se afirma el valor de la participación misma. Se reivindica su valor “más allá de los resultados”. En este sentido, se afirma la necesidad de construir “un lenguaje apropiado a esta vocación transformadora de manera que todo lo que hagamos tenga un valor más allá del resultado […] que haga de toda acción y de todos los procesos participativos un relato de participación transformadora. Necesitamos compartir desde el lenguaje y por el lenguaje el convencimiento y la emoción de que nuestro trabajo está ya cambiando, transformando el mundo”. Esta perspectiva tiene que ver con la relevancia pedagógica de la práctica transformadora, por pequeña que sea. Permite experimentar la voluntad transformadora propia, y mostrar que la transformación es posible. Se trata de conseguir, como dice alguien, “que poco a poco cada vez más gente se desbloquee ideológicamente (primero, los pensamientos: ‘esto no hay quien lo cambie’; ‘los de ahora son igual o peor que los de antes’; ‘siempre ha habido ricos y pobres’; ‘todo el mundo va a lo suyo’...), tiren por tierra esa manera de pensar que les discapacita, y descubran que pueden hacer algo en su entorno más inmediato, familia, pueblo, comunidad”.

Encontramos aquí el núcleo de un debate cuya solución no es sencilla, hasta el punto de que está en la base de algunas de las más sonoras polémicas planteadas en el espacio de la acción humanitaria, cada vez más dividido en dos posiciones difícilmente conciliables. Por un lado están quienes defienden que las ONG tienen, por supuesto, una tarea fundamental de asistencia inmediata en situaciones de emergencia, que debe completarse con la tarea de informar y sensibilizar a las opiniones públicas y a los gobiernos de la dimensión política de los problemas, promover actuaciones preventivas y buscar medidas que impidan la persistencia de esos problemas2. Por otro lado están quienes consideran que “la acción humanitaria no tiene base teórica sobre la cual construir una visión política del mundo”, de manera que su función debe limitarse a “socorrer, en unos períodos críticos particulares, a los seres humanos, apoyarlos, ayudarles a recuperarse y a retoma su camino”, sea este cual sea3. Se reivindica, en este sentido, la modestia de la idea humanitaria:

  • Dejemos que el humanitarismo sea el humanitarismo. Dejemos que salve algunas vidas, a pesar de cualesquiera sean los compromisos que deba firmar a lo largo del camino […] ¿Es eso en verdad tan poco? ¿Deben los humanitaristas, por desesperación, conformidad con una moda intelectual y moral, o infundada esperanza –la esperanza por la esperanza-­‐ insistir en ser la palanca de Arquímedes de la paz perpetua, el estado de derecho universal o incluso, según la formulación más modesta de Oxfam, de un mundo más justo?4

Desde la perspectiva de la reflexión y el análisis no habrá nadie que no resuelva de un plumazo, casi con displicencia, el debate de “la caña o el pez” reformulándolo en términos de “la caña y el pez”, o incluso más: la caña y el pez y el sistema de votos y vedas y la industria pesquera y las pescaderías y… Pero lo que en teoría no debería generar grandes discrepancias, en la práctica anida en el seno de cada organización como un debate permanente. Alain Finkielkraut ha presentado esta tensión con una fórmula genial: “En nombre de la ideología nos negábamos ayer a dejarnos engañar por el sufrimiento. Enfrentados al sufrimiento, y con toda la miseria del mundo al alcance de la vista, nos negamos ahora a dejarnos engañar por la ideología”5.

Es este un debate que se ha planteado con mucha intensidad en el diálogo que hemos mantenido. En este punto, es preciso señalar una aparente contradicción surgida en el transcurso de la conversación: ¿«nos sobra ideología y nos falta eficacia» o debe pesar «más la ideología (la misión, su finalidad) y menos los condicionantes externos (el volumen de financiación, la cantidad de gente que la apoya, el número de actividades que realiza…)»? No es cuestión menor.

Se trata de una tensión que tal vez no tenga solución, ya que seguramente no es un juego de cara o cruz, de lo uno o lo otro. ¿Participación que mitiga sufrimientos concretos o participación transformadora impulsada por una ambición ideológica de cambio estructural? La cosa es más compleja, admitiendo (o exigiendo) una multiplicidad de posiciones en un juego sin un solo punto de equilibrio.

Participación (sufrimiento) , Participación transformadora (ideología)

Por lo que acaso a lo más que podemos aspirar es a alguna forma de “arreglo”, a sobrellevar de la mejor manera posible esa tensión que, inevitablemente, habrá de aparecer en algún momento en el seno de cada entidad (al menos si no se cierra a plantearse preguntas como las que aquí se están planteando).

Desde esta perspectiva, algunas de las cosas que han ido surgiendo en este apartado son una garantía para poder afrontar la tensión con espíritu constructivo. Una organización que internamente sea más participativa, transparente y corresponsable, que se preocupe por la formación permanente de sus componentes, que institucionaliza espacios para la reflexión colectiva y para el contraste de experiencias y opiniones, estará mucho mejor preparada para sobrellevar (y sobrevivir a) la tensión entre intervención local y transformación estructural.

Junto a esta, otra herramienta esencial para afrontar esta tensión tiene que ver con la cultura de cooperación y la capacidad de funcionar en red.

 

El reto de la coordinación: si no somos nodos seremos nudos

El segundo objetivo operativo es aproximar la entidad a todas las otras entidades del mismo sector y territorio. Fomentar la cultura de red. Es este un término que se ha repetido de muchas maneras: se ha hablado de evitar duplicidades, de saber sumar, de desarrollar una cultura federal, de buscar sinergias y economías de escala, para lo cual las TIC y el nuevo entorno digital ofrecen un sinfín de oportunidades. Tanto se ha repetido, tantas veces y en tantas voces se ha escuchado en esta conversación la idea de la red que me animé a hacer una propuesta de clusterización del tejido asociativo, en los siguientes términos:

  • Tal vez la gran transformación de las ONG deba ser su "clusterización", la conformación de un tejido asociativo auténticamente reticular, donde cada organización concreta se convierta en un nodo especializado y cooperativo que minimice la competición con otras que hacen lo mismo; que descubra la especificidad de su aportación al conjunto en función de sus capacidades (de reflexión, de socialización, de gestión, de elaboración de proyectos, de intervención local, de intervención macro, de internacionalización, etc.)... Para ello, además de voluntad, haría falta disponer de un mapeo (tal vez por sectores o ámbitos de intervención, para empezar) de la realidad asociativa en España/cada comunidad. Una especie de sociograma que nos permita conocer los encuentros, desencuentros, solapamientos, encontronazos y vacíos que se producen en esa realidad.

Sin embargo, no parece que sea fácil pasar del “ideal­red” a la realidad-red: «¡Que cada organización se convierta en un nodo cooperativo! Esto sí que es una utopía. Y lo es desde el momento en que los valores de nuestra sociedad se basan en la competición, el individualismo, el sálvese quien pueda. Y esos valores han impregnado nuestras organizaciones, sobre todo en lo que se refiere a la búsqueda de recursos. La especialización la veo mucho más asequible ya muchas organizaciones trabajan con colectivos específicos y seguramente el mapeo se podría empezar a hacer por ahí».

Queda aquí planteada una cuestión fundamental: ¿qué modelo de relación entre las entidades consideramos más útil o adecuado? Por supuesto, no deberíamos abordar esta cuestión sin tener en cuenta todo lo dicho en apartados anteriores sobre la naturaleza transformadora y “servidora” que queremos para nuestras entidades.

¿Y la relación con las instituciones?

En lo que se refiere a las relaciones entre ONG y otras instituciones se opta por una cooperación igualitaria y crítica, no subordinada, que incluya tanto la actuación para alcanzar unos determinados objetivos como la selección y elaboración de los objetivos mismos.

La primera cuestión planteada es la de la autonomía de las organizaciones respecto de la administración pública. Se considera que esta autonomía va mucho más allá de una simple cuestión operativa: es, sobre todo, «un tema de definición de identidad y de calidad de ser y de acción».

Se propone un cierto “adelgazamiento” de las organizaciones, reduciendo sus estructuras de gestión: «rediseñar su estructura orgánica y funcional haciéndola competente, transparente y sostenible». Se plantea incluso la «desaparición de los locales con oficinas físicas donde se realiza la gestión», dadas las posibilidades de gestión online que hoy ofrece la tecnología informática.

Llama la atención que se plantee compensar los costes económicos de esta autonomización (reducción de subvenciones) mediante el acercamiento a los programas de Responsabilidad Social Corporativa de empresas e instituciones financieras o, en general, la «apertura al sector empresarial». ¿No hay aquí ningún riesgo?

Otra posible forma de compensar los costes asociados a la autonomización respecto de la administración pública es el crecimiento en nuestra capacidad de penetración en la sociedad civil: empezando por reforzar la importancia del voluntariado, pero también ampliando el círculo de adherentes y simpatizantes, llegar más allá de “los ya sensibilizados”. Se plantea dejar de trata de manera distinta a las personas en función de las distintas formas de relación que puedan mantener con la entidad: asociadas, voluntarias, consumidoras de servicios/productos, etc. Para cambiar planteamientos tradicionales «deberían buscarse estrategias de acercamiento más integrales, con enfoque de ciudadanía: súmate a nuestra organización que tiene una misión X, que puedes apoyar de Y maneras, todas son importantes, todas son necesarias, tú eliges cuál o cuáles de ellas quieres poner en marcha en función de tu momento vital, situación personal y económica».

Este cambio de cultura de organización resulta imprescindible si se quiere habitar en el mundo de las redes sociales: «El concepto de base social tendría que ampliarse a personas como los activistas, ciberactivistas, difusores, seguidores en redes sociales… que quizá tengan un compromiso con la organización más difuso e intermitente pero que son y serán imprescindibles».

Sin embargo, esta estrategia de expansión social puede resultar sumamente complicada si tenemos en cuenta la profundidad radical de las problemáticas a las que pretendemos responder: «Creo que ha habido un problema y es que en las estrategias de comunicación se ha primado la captación de recursos, frente a la transformación social. Y se han utilizado mensajes que, simplificándolos mucho, venían a decir que con 10€ al mes ibas a solucionar los problemas del mundo, cuando el problema es tan complejo que requiere cambios muy profundos, especialmente en nuestra forma de vida, desde lo que consumimos, hasta el partido que votamos, el periódico que leemos, etc.». Se critica una cierta banalización del compromiso voluntario, frente al que se propone un tipo de entidad mucho más comprometida y exigente: «Que la ONG se convierta en un espacio de reflexión, debate, contraste... Favorecer y desarrollar el posicionamiento crítico e indignado ante este modelo estúpido de vida y de sociedad que nos domina, y trabajar dentro de las propias ONG la reflexión sobre cuál es nuestro papel en este momento muy difícil de cambio de época, cómo nos posicionamos ante las injusticias y desigualdades que crecen, cómo defendemos y reivindicamos la construcción de una democracia más participativa...».

Esta perspectiva, que personalmente comparto, ¿facilita o complica la extensión social de las ONG transformadoras? Nos enfrentamos al problema de equilibrar extensión social e intensidad reivindicativa: ambas se correlacionan de manera inversa, al menos en el corto-medio plazo.

Intensidad y extensión

Por otro lado, esta apertura de las entidades y la reformulación organizativa que comporta, ¿es compatible con la propuesta de «definir con claridad los niveles de participación y pertenencia por parte de voluntarios, técnicos y socios en las propias ONG, de tal manera que se definan bien responsabilidades, campos de acción y de trabajo, exigencias y deberes que se derivan de la pertenencia a la entidad, derechos,..., con el objetivo estratégico de mejorar la organización, eficacia y eficiencia de lo que se hace en la entidad, pero también, de mejorar mucho el sentido de identidad y pertenencia de todos los miembros»?

Se propone recuperar “espíritu asociativo” a la vez que se busca una “colaboración general”. Se trata de una tensión que podemos formular así: un modelo de organización ligera, pero que deje huella; con identidad, pero abierta más allá del círculo de sus adherentes y hacia otras organizaciones; con visión propia, pero dispuesta a hacer red compartiendo recursos y objetivos; atractiva (de manera que muchas personas se integren y permanezcan en ella) pero también "lanzadera" que impulse a sus miembros a practicar la ciudadanía integral en todos los ámbitos de la vida... ¿Es esta la organización que queremos?

En resumen, se propone un cambio en la cultura organizativa de las ONG. En este punto resuenan algunas de las cuestiones esenciales planteadas en la conversación anterior y que resumimos en la fórmula IN-transformarnos para EX-transformar:

  • Ser más abiertas, participativas y transparentes, tanto ad intra como ad extra.
  • Capacidad de sumar, sinergizar, compartir, cooperar, federar: cultura de red.

 

IN-transformarnos para EX-transformar

En último término las entidades son más que las personas que las constituyen en un momento dado (pues son también imagen, cultura, tradición y trayectoria), pero las personas que las forman en cada momento son claves para construir y expresar la identidad y la práctica de cada organización.

Desde esta perspectiva, es lógico que muchas de las personas participantes en el foro subrayen la importancia de las actitudes personales de quienes conforman las ONG. Como resume una de las participantes, podremos promover y mantener el tipo de organización que queremos (transformadoras, abiertas, transparentes, críticas, etc.) «en tanto y cuanto haya personas involucradas en ellas que tengan también estas cualidades-capacidades-disposiciones». Afirmación que otra participante en el diálogo complementa cerrando el bucle que conecta a la organización con sus miembros: «La organización puede y debe educar a las personas para que puedan alcanzar estas características, sobre todo si la organización (las personas que ya están en la organización) se comportan con estas características porque los que llegan, otros actores de la organización, los seguirán. Es aquello de "donde fueres haz lo que vieres". Yo creo más en el ejemplo, es decir, en la acción, que en muchas palabras. El hacer de una manera "se contagia"». De aquí que se hable de «creérselo» como de una actitud básica sin la cual no es posible pensar en una participación transformadora.

De manera muy sintética, se propone una participación que emocione, que nos vincule a una comunidad, que desbloquee viejas ideas y actitudes, que nos transforme, en suma. ¿Cómo puede ser transformadora una práctica de la que salimos tal y como hemos entrado? ¿O acaso siempre son "las otras y los otros" quienes deben ser transformadas? Al final, la transformación interna no es la de las ONG, sino la nuestra. Pero se trata de una transformación interna orientada no al logro de satisfacciones personales o al sostenimiento de la propia organización, sino a la transformación del exterior. Se trata, ya lo hemos dicho, de IN-transformarnos para EX-transformar.

En este punto el diálogo ha derivado hacia las capacidades que las personas deben mostrar para impulsar la participación transformadora. Estas capacidades se fundamentan en la autonomía personal, a partir de la cual es posible desarrollar el compromiso personal, el anhelo de cambio, la mirada crítica, la suma de voluntades y de fuerzas. Autonomía de las personas que participan en las entidades mediante la impregnación de una cultura de ciudadanía; autonomía también de las personas para/con las que se trabaja: empoderamiento, rechazo del asistencialismo. Desde una perspectiva colectiva, estas capacidades nos permitirían aproximarnos a las ONG desde una perspectiva de comunidad.

Esta perspectiva de comunidad se despliega también ad intra y ad extra. Se habla de organizaciones que se configuran como comunidades (identificadas, cercanas, horizontales, empáticas, deliberativas), pero también de organizaciones que actúan en un entorno concebido como una comunidad (comprometidas con su entorno, abiertas al mismo, cooperadoras, compartiendo recursos y prácticas).

Aunque se reconoce y se valora esta dimensión comunitaria/local, también se reivindica la importancia de las organizaciones más instrumentales, de ámbito supralocal (plataformas, federaciones), cuya naturaleza no es comunitaria y cuya función no es la de actuar directamente sobre su entorno, sino la de ser interlocutoras de las administraciones o de otras instituciones.

 

Conclusión no concluyente

Mi conclusión personal y provisional: ¿Cómo deben transformarse internamente las ONG para ser esas organizaciones capaces de transformar su exterior?, nos preguntamos. Y aunque son muchas las propuestas y las pistas que se ofrecen (y muchas las coincidencias que se producen), más allá del terreno de lo concreto, del espacio de la "técnica", me da la impresión de que no deja de removerse y removernos una profunda interrogante ética: ¿de verdad sentimos la necesidad de cambiar? Ganas, deseos, aspiraciones, motivaciones...

Creo que lo más sencillo va a ser construir una plantilla de autodiagnóstico técnico que podamos aplicar a cada ONG con el fin de evaluar su realidad interna: en las aportaciones tan generosamente compartidas hay muchas claves para hacerlo. Pero es la otra cuestión la que permanece irresuelta ¿Para qué servimos?, que es decir ¿para qué queremos servir? Y también: ¿A quién servimos?

Se trata de la tensión técnica/ética a la que nos referíamos en el documento inicial, cuando reflexionábamos sobre las cuatro dimensiones de la transformación.

A modo de resumen:

  • se considera insuficiente la acción de las ONG desde una perspectiva de práctica transformadora;
  • se apuesta por fortalecer esta dimensión transformadora;
  • se considera compatible una perspectiva de las ONG claramente política (en el sentido de interesada, orientada, incluso ideológicamente fundada) sin que ello implique ni partidismo ni renuncia al pluralismo;
  • se apuesta por unas ONG que conjuguen atención a problemáticas concretas (en función de sus ámbitos específicos de actuación) y preocupación activa por la transformación de su entorno (tanto mediante la formación de conciencia crítica como interviniendo sobre instituciones y estructuras juzgadas como injustas);
  • en esta tarea, se apuesta por una práctica de cooperación crítica con las instituciones políticas y económicas.

De todo lo dicho se desprende una tarea clara y urgente: para ser realmente transformadoras las ONG deben transformarse internamente: ser más participativas, más abiertas, más centradas en la acción, actuando en red, generando sinergias y compartiendo recursos.

 

 

Civilización digital: Nuevas instituciones para ciudadanos digitales

Ismael Peña-López

Doctor en Sociedad de la Información y el Conocimiento. Profesor de los Estudios de Derecho y Ciencia Política de la Universitat Oberta de Catalunya

 

Hay un creciente consenso que las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) están suponiendo una revolución y, como tal, cambian las formas como nos relacionamos con los demás, cambian las instituciones, cambian las formas de producción, cambia la cultura.

Esta revolución supone, por primera vez en la historia de la Humanidad,

  • La substitución de trabajo mental por máquinas.
  • La posibilidad de acceder a la información a un coste prácticamente nulo.

Hay cuatro grandes retos que las instituciones, en general, y las entidades del Tercer Sector, en concreto, deben abordar de forma urgente para no descolgarse de la revolución digital.

Primero. Hay que repensar los conceptos de eficiencia y eficacia a la luz de esas nuevas tecnologías digitales. Las TIC son, ya hoy, tecnologías de utilidad general que afectan a todos los procesos y que requieren, de la misma forma, nuevas competencias digitales.

Segundo. Una de las consecuencias de la revolución digital es la transición desde una Sociedad Industrial hacia una Sociedad del Conocimiento. La terciarización de la economía – más global, cada vez con mayor peso los servicios – implica una necesaria estrategia de gestión del conocimiento. En el Tercer Sector, rico en conocimiento tácito, ello significa una estrategia de gestión y retención del talento de sus profesionales, colaboradores, voluntarios y su entorno social en general.

Tercero. La creciente necesidad de gestionar conocimiento, unida a la mayor facilidad y menores costes de hacerlo cuestionan la base misma de muchas organizaciones y sus funcionamientos internos. La arquitectura de jerarquía da paso, cada vez más, a una arquitectura de red, donde los nodos se conectan según lo que dicha red les aporta y en igualdad de condiciones, de forma totalmente horizontal.

Cuarto. La arquitectura de red permite nuevas formas de acción ciudadana, acciones que piden más implicación y enfoque a resultados a corto o medio plazo, siendo la autoorganización el modus operandi por excelencia. En este sentido, el papel de intermediación de muchas instituciones así como sus propuestas genéricas y a largo plazo queda, pues, en entredicho.

Es en este nuevo escenario, no solamente digital en sus formas, sino en constante cambio en sus fundamentos, que hay que reflexionar sobre el cómo y, sobre todo, el para qué de las entidades del Tercer Sector. En un mundo cambiante, ¿pueden las instituciones quedarse quietas?

 

Papel y estructura de las ONG

El consenso sobre la necesidad de un actor que aglutine a la sociedad civil y sus inquietudes es absoluto. Las entidades del tercer sector, más que nunca, son necesarias en la sociedad, tanto para organizar a la sociedad civil alrededor de objetivos que quedan fuera de la agenda de los tres poderes del Estado, así como, en algunas circunstancias, representar a aquella frente a otras instituciones.

No obstante, es también absoluto el consenso alrededor de un necesario y urgente cambio en la forma como esas ONG llevan a cabo su misión.

Una de las primeras cuestiones que se debaten sobre este cambio formal es el papel aglutinador y organizador de las ONG. Más que liderar y diseñar toda la acción, empieza a esperarse más de las entidades que organicen a la sociedad civil alrededor de los intereses y metas de esta, proveyendo organización formal, apoyo con recursos y, llegado el caso, representación ante otros poderes.

Así, se espera un abandono de la “burocratización” y la “industrialización” de las entidades para virar hacia una acción más cualitativa y enfocada en valores, y basada en una mayor involucración y mayor participación. En muchos aspectos, se critica a las ONG por asimilarse formalmente a partidos y gobiernos, a quienes también se critica un cierto distanciamiento de la ciudadanía.

Esto último podría explicar por qué se detecta una cierta contradicción entre demandas de mayor participación mientras dicha participación parece estar decayendo: es probable que las ONG no estén respondiendo acorde con las necesidades de participación, de ahí la necesidad de un cambio interno.

Este apoyar los movimientos con los recursos (materiales, humanos, financieros) de que disponen las ONG es complementario (no substitutivo) de poder presentarse personalmente en el debate, siendo a la vez un actor de apoyo en retaguardia o un actor de primera fila.

Así, es de esperar que las entidades del Tercer Sector hagan un ejercicio de capilarización para, por una parte, llegar de nuevo a la ciudadanía y, por otra, volver a trabajar entre ellas, creándose una red de personas e instituciones que sea capaz de actuar de una forma más participada y horizontal.

 

ONG, información y conocimiento

La moneda de cambio de esta mayor participación y trabajo en red son la información y el conocimiento, que toman un peso crucial con el cambio de época que estamos viviendo.

En este sentido se imponen dos cuestiones fundamentales que las ONG deben abordar si no de forma urgente, sí de forma decidida y sin demora.

La primera, una capacitación digital en profundidad tanto de las personas que trabajan y colaboran en la ONG como de los procesos y funcionamiento interno de la ONG. Esta capacitación digital, por supuesto, no debe limitarse a una mera alfabetización tecnológica, sino a la adquisición de todas aquellas competencias necesarias para trabajar en un entorno digital, en red, colaborativo y centrado en la gestión del conocimiento.

La segunda, la puesta en valor del gran repositorio de conocimiento que es una ONG y todos aquellos que en el presente o en el pasado han estado en su órbita. En este sentido, la figura del voluntario virtual se convierte en una pieza fundamental no solamente en un sentido cuantitativo – de sumar más manos – sino, sobre todo, cualitativo, como una estrategia clave de recuperar, dejar de perder y capitalizar el conocimiento que la entidad atesora.

Esta deriva o sesgo hacia un mayor peso de la información no debe, no obstante, ir en detrimento de la provisión de servicios o la acción directa: es precisamente el disponer de información de primera mano y objetiva y saberla utilizar como aglutinadora de sensibilidades y movilizadora de consciencias lo que supone un activo fundamental de las ONG, que no puede sino proporcionarles la legitimidad y autoridad para recuperar el protagonismo en el espacio de la acción ciudadana transformadora.

De lo que se trata, es de conseguir poner en valor el conocimiento tácito y el capital relacional, de poner en valor aquello que se aprende en la labor humanitaria diaria así como en el trabajo con otras personas y agentes.

Se trata, también, de poder compaginar la necesidad de devenir un nodo con el papel de interlocutor autorizado que también se pide a las ONG, lo que seguramente requiere reinterpretar las TIC más allá de su concepción como herramientas y ver también su interpretación como metodologías, así como si contienen embebidas determinadas ideologías y filosofías de funcionamiento.

 

Conocimiento y mensaje en la Sociedad de la Información

Desde un punto de vista meramente instrumental, es innegable que las tecnologías de la información y la comunicación permiten una mayor agilidad de transmitir el mensaje, un cambio de escala en lo que a alcance se refiere y, sobre todo, una flexibilidad a la hora de modelar el mensaje o los mensajes, segmentar el público o adaptarlo a distintos contexto.

Además, y muy relacionado con la cuestión de la participación y el voluntariado virtual, en una sociedad digital con bajos costes de gestión y transmisión de la información, el papel de emisor y receptor es fácilmente intercambiable, por lo que el mensaje deja de ser un objeto que se mueve en una dirección para pasar a ser una conversación construida de forma plural.

Este nuevo escenario comunicativo requiere nuevos perfiles capaces de liderar y coordinar la (nueva) estrategia de digitalización, así como los (nuevos) modelos de comunicación (y de gestión) que, como hemos visto, serán más horizontales democráticos, dialógicos y basados en procesos.

Esta mayor participación y horizontalidad, no obstante, supone también una relativa pérdida de control sobre la construcción de una identidad o la misión misma de la entidad. La mayor participación de la “periferia” implica la concurrencia de otras "voces", más plurales y con perfil propio.

Para que estas voces puedan concurrir de forma efectiva, cabe poner las personas por delante de los medios (teniendo claro qué es un fin y qué un instrumento), capitalizar el conocimiento a través de su gestión explícita, y liderar el cambio haciendo pedagogía de la propia misión y con ella reforzarla, manteniendo la visión de la entidad como un punto de llegada de consenso.

No obstante, más allá de apropiarse de las TIC, más allá de su adopción o de mejorar los procesos de información, comunicación y gestión del conocimiento, es verdaderamente interesante ver si es posible utilizar las TIC como vectores de transformación, como puertas de acceso a una nueva cultura de funcionamiento.

Esa transformación, fuera de los procesos más relacionados con la gestión de los proyectos, tiene tres frentes muy diferenciados:

  • El primero, hacia fuera, cambiando los estilos de comunicación, abandonando el control por la construcción colectiva del mensaje.
  • El segundo, hacia dentro, cambiando la forma cómo la entidad escucha y se enriquece con las aportaciones de “fuera”, fomentando una mayor y mejor participación.
  • El tercero, combinación de ambas, situando el conocimiento en el centro de la cadena de valor: aumentar la cantidad y calidad de capital basado en conocimiento (personas, documentación, canales de información); atajar el drenaje natural de dicho capital; inventariar los silos de conocimiento; poner en valor, gestionar con eficacia y explotar el conocimiento.

 

¿Qué voz deben tener las ONG en una sociedad en red?

Con todos estos cambios – de comunicación, de participación, de co-creación del mensaje – emerge la pregunta de qué voz deben tener las ONG y cómo debe construirse.

Hasta ahora hemos apuntado ya algunas cuestiones referentes a dejar que la voz sea modelada a partir de la concurrencia de los autores que trabajan en y con la ONG. No obstante, quedan dos cuestiones abiertas: la primera, si la ONG debe ceder todo el protagonismo a la participación renunciando a liderar o guiar, desde dentro, el debate sobre qué hay que decir y cómo; la segunda, si la ONG sigue estando legitimada para representar una opción o una opinión, o bien debe quedar en segundo plano y ser solamente portadora del debate ciudadano.

Aunque a simple vista parezca difícil de compaginar, hay un cierto consenso que todo es posible: tener voz propia a la vez que dejar que esta se construya colaborativamente, y tener una voz unificada ante otras instituciones sin por ello dejar de ser portadora de la pluralidad de voces que la conforman.

Primero, las TIC deben permitir que la ONG se convierta en plataforma de debate, en un ágora donde distintas voces puedan ser escuchadas, donde los distintos miembros, bases, simpatizantes y la ciudadanía puedan exponer opiniones y denunciar situaciones injustas.

Segundo, las ONG pueden y deben contribuir a que el debate sedimente en consensos, que catalice en una voz construida entre todos pero con la fuerza de una única voz. Las entidades del Tercer Sector deben ser capaces de aglutinar y convertir las distintas voces en una única voz colectiva.

Tercero, con esta única voz colectiva las ONG deben poder personarse en otros debates, ora con otras ONG ora con otras instituciones ante las que poder hablar sin disonancias pero con el peso y los matices de todas las voces que apoyan la legítima interlocución de las ONG.

Además del papel de plataforma y de generadora de consensos, las ONG sí pueden hacer una aportación de especial valor en el debate y que no es otra que la información y experiencia de primera mano extraída del trabajo diario.

 

Acción social deliberativa y acción política para el cambio

El creciente sentimiento de que lo que exprese la voz de las ONG deba ser participado, construido entre todos, no es sino la punta de lanza o el síntoma de algo más profundo: las TIC permiten como nunca antes la participación y la implicación, y la ciudadanía – o al menos una parte significativa de ella – pide recuperar la posibilidad de participar directamente, posibilidad a la que se renunció a favor de la intermediación de las instituciones representativas en aras de mayor eficacia y eficiencia.

La ciudadanía pide – como pide a los partidos políticos, a los parlamentos y a los gobiernos en términos de política – una acción social deliberativa: ver cómo es posible construir nuevas instituciones a partir de la agregación de sus partes y no como una mera delegación de funciones. Y, por supuesto, constituida la institución y legitimada por el diseño participativo, relegar en ella la autoridad de interlocución en una red de instituciones.

De esta forma, se crea una nueva forma de acción social donde no tiene lugar un único diálogo de la ciudadanía con otras instituciones y mediado por las entidades del tercer sector, sino un diálogo de diálogos donde estas entidades son a la vez nodos y agregadoras de nodos, según el momento y el interlocutor.

Queda por ver cómo pueden y deben escuchar las ONG a la red de ciudadanos que la arropan. Aunque seguramente la capacidad endógena de generar discurso político que deben tener las ONG las sitúan, sin duda, como un actor más que legitimado para articular tanto el cambio como lo que resulte del proceso.

Las ONG deben repensarse como plataformas que facilitan e instigan el debate y, al mismo tiempo, contribuyen a la construcción de una agenda política y de acción social.

 

 


1 Joan Subirats, “Políticas de final de cañería”. El País, 31/12/2005. Disponible en: http://elpais.com/diario/2005/12/31/opinion/1135983609_850215.html; última consulta 25/02/2012.

2 Vicenç Fisas, La compasión no basta, Icaria, Barcelona 1995; David Sogge (ed.), Compasión y cálculo, Icaria, Barcelona 1998.

3 Rony Brauman, Humanitario: el dilema, Icaria, Barcelona 2003.

4 David Rieff, Una cama por una noche: el humanitarismo en crisis, Taurus, Madrid 2003.

5 Alain Finkielkraut, La humanidad perdida: Ensayo sobre el siglo XX, Anagrama, Barcelona1998-­‐

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